sábado, 21 de octubre de 2017

Prostitución del lenguaje. Totalitarismos posmodernos.

Estamos viviendo momentos decisivos en la historia de nuestra joven democracia. Todo es posible en un mundo que parece conducirnos hacia las distopías más tenebrosas. Aquel sueño totalitario de Antonio Gramsci hace tiempo que se ha hecho real en las conciencias de muchos ciudadanos, demasiados, desdibujándolas en una continuada perversión de las palabras, de sus significados. Todo es propaganda, y en esa fabulosa maquinaria de crear voluntades y consensos, la prostitución del lenguaje es una piedra angular fundamental. Atendamos a una de esas palabras talismán: diálogo. Cuando lo que pretenden decir es bajada de pantalones.

Hoy, si cuestionas la validez del significado de esa palabra en el problema catalán, eres un peligroso fascista para los zombis que siguen viviendo en la nube del 68. Ellos, imbuidos de una extraña, falsa y enfermiza supremacía moral, nos señalan con su dedo acusador mientras aplauden los estrambotes totalitarios de los politicastros que beben sus delirios en el marxismo y en el comunismo. No tienen suficiente con ensalzar a un régimen genocida y pro-estalinista como lo fue la Segunda República a partir de 1934, no, ahora quieren destrozar el marco de convivencia, reconciliación y prosperidad que se alumbró en España con la Constitución de 1978. Con la mirada fija en ese diabólico objetivo, esos politicastros aprovechan la fuerza, destructora y disolvente, causada por cuatro fanáticos independentistas y su masa de adeptos adoctrinados desde el parvulario con el objeto de conseguir sus fines. No es difícil imaginar, por ejemplo, a Puigdemont y toda su banda de carteristas o a Pablo Iglesias y toda su tropa de estalinistas, imitando el estilo de aquel carterista del chiste que se ponía al frente de la manifestación gritando ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

¿Diálogo? ¿Se puede dialogar con el ladrón que pretende desvalijar tu casa y el sustento de los tuyos? ¿Se puede dialogar con quienes pretenden hacer saltar por los aires las leyes que nos hemos dado? ¿Se puede dialogar con quienes buscan la demolición de España, y con ello el advenimiento de la zozobra y oscuridad sobre nuestros hijos y nietos? No. Tal cosa no es dialogar sino devenir cómplices necesarios de los golpistas. No hay libertad sin respeto a las leyes, no hay leyes sin el recipiente que las hace posibles, que no es otro que la Nación. En este caso la nación española. Rompe la botella y adiós al vino. No, eso no es diálogo. Así no hay diálogo ni puede haberlo bajo esas circunstancias chantajistas y mentirosas. Que se cumpla la ley, con todas las consecuencias.

Hoy, a pesar de las muchas traiciones que Mariano Rajoy ha perpetrado contra el humanismo cristiano, debo aplaudir la contundencia con la que ha aplicado la ley en esa región de España que es Cataluña. Además, a toro pasado, empiezan a entenderse los porqués de su demora en la toma de esta decisión crucial. Hoy está cargado de razones y, precisamente por ello, ha hecho imposible al principal partido de la oposición la ejecución de las traicioneras piruetas a las que nos tiene acostumbrados. Hoy sólo tiene enfrente a los separatistas y a la extrema izquierda, la cual, precisamente por ello, ha cavado su propia fosa electoral. Enhorabuena, Sr. Presidente.

domingo, 6 de agosto de 2017

La izquierda y sus leyendas.

Autor: José Javier Esparza


En un tiempo de engaño universal, 
decir la verdad es un acto revolucionario.

(George Orwell)



Las ‘Trece rosas’: una historia donde nada es rosa


La capacidad de la izquierda para construir leyendas es realmente admirable. El caso de las llamadas “trece rosas” es un perfecto ejemplo. Empezando por la circunstancia de que a esas mujeres fusiladas en 1939 se las considere socialistas cuando, en realidad, eran comunistas. Pero para entender adecuadamente el capítulo, en el que nada es rosa, conviene ponerlo en su contexto.

Cuando acabó la guerra civil, el Partido Socialista Obrero Español estaba literalmente triturado, dividido en al menos cuatro facciones. Hay que recordar que el último acto de la contienda es una batalla intestina en el bando del Frente Popular: a un lado, el Consejo de Defensa de Madrid, liderado por Besteiro con el coronel Casado y el anarquista Cipriano Mera; al otro, el gobierno Negrín, entregado al Partido Comunista y cuyos principales líderes ya habían huido del país. Aquella batalla no fue cosa menor: hubo cerca de 2.000 muertos. Sobre esta ruptura se añadió inmediatamente otra en el exilio: los socialistas de Indalecio Prieto, por un lado, contra los de Negrín, que a estas alturas ya había sido expulsado del PSOE. Prieto y Negrín no peleaban por razones ideológicas, sino por controlar el tesoro expoliado y expatriado por los jerarcas republicanos para sufragar su exilio. El PSOE nunca se recuperará de estos desgarros, y por eso su trayectoria bajo el franquismo fue tan poco relevante. Pero aun antes había habido otra ruptura, esta de mayores consecuencias: la de las Juventudes Socialistas, que fueron el instrumento de Moscú para fagocitar al PSOE.

Recordemos sumariamente los hechos: desde abril de 1936, con el protagonismo de Santiago Carrillo y por instrucción directa de Moscú, las organizaciones juveniles del partido socialista y del partido comunista se fusionan en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Cuando estalla la guerra, los militantes de las JSU ingresan en masa en las llamadas Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, la organización paramilitar del Partido Comunista, a la que tan pronto veremos en el frente como en la represión ejecutada en la retaguardia. Finalmente, en noviembre de 1936 y bajo la dirección personal de Santiago Carrillo, las JSU rompen con el PSOE y se pasan al Partido Comunista. Las JSU, por tanto, eran una organización dependiente del PCE, enteramente subordinado a su vez a la Komintern y al Partido Comunista de la Unión Soviética, cuyo líder, por si alguien ha olvidado, era Stalin. Todas estas cosas son bien sabidas y los propios protagonistas las han contado reiteradas veces. Es asombroso que aun sea preciso recordarlas.

Cuando acabó la guerra civil, en abril de 1939, los principales cuadros del Partido Comunista ya estaban en el extranjero. Primero en Francia, pero París proscribió a los comunistas después del pacto de Stalin con Hitler (agosto de 1939), así que casi todos acabaron en Moscú. Cerca de un millar de personas se instalaron en la capital soviética. Meses antes, en junio, Santiago Carrillo había publicado su célebre carta contra su propio padre, el socialista Wenceslao, de la facción de Besteiro, acusándole de traición. Los socialistas –decía entre otras cosas Santiago Carrillo- habían dejado en la cárcel a millares de comunistas para que las tropas de Franco los encontraran allí al entrar en Madrid. Eso era verdad. La carta tenía por objeto exculpar al PCE –y sobre todo al propio Santiago- de responsabilidad en la derrota y romper cualquier lazo entre el PCE y el PSOE. Consiguió su objetivo, aunque a Carrillo le costaría recuperar su posición en la cúpula de un PCE cuyo buró político se reunía en Moscú en un ambiente de tempestad. No era para menos: José Díaz, el ya muy quebrantado secretario general, acusaba de traición a las JSU, es decir, a Carrillo.

El episodio de las “trece rosas” tiene que inscribirse en este contexto. En el verano de 1939, lo que ha quedado del PCE en España es menos que nada: los que no han huido, han sido ejecutados por las socialistas en el golpe de Besteiro y Casado –véase el caso de Barceló- o están presos y esperando juicio o paredón. El primer intento de reconstrucción del partido en torno a Matilde Landa es frustrado de inmediato por la policía (Matilde fue condenada a muerte, pero una intervención del filósofo García Morente, ya sacerdote, la salvó del paredón). Acto seguido toma su testigo Cazorla, viejo camarada de Carrillo en los días de Paracuellos, pero con la misma rapidez es delatado desde el interior. Son episodios que he documentado abundantemente en “El libro negro de carrillo” (Libros Libres, Madrid, 2010). En Madrid permanecen, sin embargo, núcleos menores de las JSU, que sienten la necesidad de multiplicar las acciones para evitar la acusación de traición que se formula contra ellos. Ahora bien, esos sectores que aún quedan en la capital son los más vinculados a la represión roja en retaguardia, dirigidos por líderes de tercer o cuarto nivel y prácticamente sin comunicación con la cúpula de la organización, que está en el extranjero. Son tales líderes los que, supuestamente, tramaron el asesinato de Isaac Gabaldón a finales de julio de 1939.

El comandante Isaac Gabaldón, guardia civil, estaba adscrito al Servicio de Información Militar de Gutiérrez Mellado y era encargado del Archivo de Logias, Masonería y Comunismo, es decir, un puesto clave de la represión de posguerra. Fue asesinado en la carretera de Talavera junto a su hija (Pilar, 16 años) y su chófer. El asesinato fue imputado a los comunistas, es decir, a las JSU. Hubo una redada que desmanteló los últimos restos del partido comunista en Madrid y llevó al tribunal, primero, y al paredón después, a 56 personas, entre ellas las jóvenes que luego la propaganda comunista bautizará como las “trece rosas”. El mismo día del asesinato, según refiere Piñar Pinedo citando una resolución judicial del 20 de octubre de 1939, apareció en la prisión de Porlier nada menos que Gutiérrez Mellado para excarcelar a uno de los detenidos, el militante comunista Sinesio “el Pionero”, que resultó ser un confidente del SIM. Sólo él se salvó. Y enseguida desapareció para siempre. Todo el episodio del asesinato de Gabaldón y la investigación posterior está lleno de misterios y contradicciones. No es, en todo caso, el objeto de este artículo.

Los 56 detenidos en aquella operación fueron acusados de terrorismo, tanto por el asesinato de Gabaldón como por otras tentativas. Objetivamente, terrorismo era. Después, la mitología de la izquierda española ha convertido a las víctimas, y en particular a las “trece rosas”, en leyenda. La placa que conmemora su muerte dice que “dieron su vida por la libertad y la democracia”. No: dieron su vida –o, más bien, se la quitaron- por la dictadura del proletariado y por la revolución bolchevique, que era en lo que realmente creían. Su historia no carece de valor, como la de todos los que mueren defendiendo sus ideas, pero invocar al efecto “la libertad y la democracia” es un disparate que sobrepasa los límites del ridículo.

La realidad de los hechos es esta: nada en este episodio es rosa, ni en un lado ni en el otro. La represión de posguerra es respuesta directa a la de la guerra, como ocurre en todas las guerras civiles que en el mundo han sido. Reconstruir el episodio como si fuera una película de buenos y malos es un infantil ejercicio de estupidez. Hoy debería ser posible hablar de estas cosas con cierta frialdad. Pero la izquierda española, para seguir manteniendo su hegemonía ideológica, necesita reescribir continuamente su historia y deformarla hasta el punto de convertirla en mitología (con la anuencia cómplice y cobarde de una derecha necia hasta el infinito). Así nos han construido una especie de nuevo santoral donde cada beato tiene su hornacina, y ay de quien ose profanar los altares utilizando palabras inadecuadas. Nada podrá atenuar la pena del reo de blasfemia. Lo próximo será obligar a los culpables a pasear por las calles con sambenito y coroza, para escarnio público. Estamos construyendo la sociedad más histérica de todos los tiempos.

lunes, 29 de mayo de 2017

Cuando la cobardía y el papanatismo condenan a nuestros hijos

Autor: Ricardo Ruiz de la Serna
Fuente: La Gaceta


 Se te ofreció poder elegir 
entre la deshonra y la guerra 
y elegiste la deshonra, 
y también tendrás la guerra

(Winston S. Churchill a Chamberlain)



El pacifismo suicida

El lunes pasado 22 personas murieron y otras 59 resultaron heridas en un atentado yihadista. El sospechoso de cometerlo se llamaba Salman Abedi y tenía 22 años. El Estado Islámico asumió la autoría. A las pocas horas del crimen, las redes sociales y los medios de comunicación se llenaban de llamamientos a la unidad de los demócratas, promesas de que los terroristas no lograrían sus objetivos y votos por la paz. En un desfile que ya nos resulta familiar, la mayoría de líderes políticos de Europa han lanzado mensajes a través de sus cuentas personales de Twitter, Facebook y otras plataformas. Se hicieron minutos de silencio en la mayoría de las instituciones españolas. Todo esto debería llenarnos de orgullo. Al pueblo español nadie puede darle lecciones de solidaridad y compromiso con las víctimas. No faltaron ni los montajes fotográficos conmovedores ni el ya habitual imaginario de velas votivas y de fondos musicales con la canción “Imagine”, que exalta una pretendida paz y una supuesta tolerancia.

Todo esto es emotivo y dice mucho de la sensibilidad de los europeos y, en lo que toca a nuestro país, de los españoles. Debe tranquilizarnos que los terroristas no han conseguido que dejemos de conmovernos y de lamentar la muerte y el dolor. Debe ser un motivo de alivio que no hayan logrado convertirnos en lo que ellos son: asesinos que profanan el nombre de Dios cada vez que lo pronuncian, desalmados que lapidan mujeres y arrojan a los gays desde las azoteas. Es un consuelo saber que, con todas las sombras de la historia de Occidente, más de veinte siglos de tradición bíblica nos siguen recordando el amor y la misericordia de un Dios de vida y no de muerte.

En nuestra tradición, la paz no es consecuencia de la rendición ni el miedo, sino de la justicia. No es un fin en sí misma, sino la consecuencia de un orden justo y racional. Los grandes héroes de Occidente, desde Aquiles hasta Roldán y El Cid pasando por el rey David y los Macabeos, han sido capaces de luchar si era preciso. La historia del siglo XX nos enseña el peligro de la cobardía y el apaciguamiento frente a la injusticia, la sinrazón y la barbarie. Sin una decisión firme de vencer, ni el nazismo ni el fascismo hubiesen sufrido la derrota a manos de los aliados. Sin la confusión moral de nuestro tiempo, el comunismo languidecería en un rincón oscuro de la Historia junto a las demás ideologías totalitarias en lugar de gozar del prestigio y la buena fama que aún disfruta en algunos círculos sociales.

Durante el siglo pasado, millones de hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron en el combate contra esas ideologías que someten al ser humano a un orden perverso e inhumano. Sigue teniendo vigencia en nuestro tiempo el célebre discurso de Pericles que recoge Tucídides en “La guerra del Peloponeso” y exalta la educación en la libertad y el valor: “[…] también sobresalimos en los preparativos de las cosas de la guerra por lo siguiente: mantenemos nuestra ciudad abierta y nunca se da el que impidamos a nadie, ni siquiera a los extranjeros, que pregunte o contemple algo —al menos que se trate de algo que de no estar oculto pudiera un enemigo sacar provecho al verlo—, porque confiamos no más en los preparativos y estratagemas que en nuestro propio buen ánimo a la hora de actuar. Y respecto a la educación, estos, cuando todavía son niños, practican con un esforzado entrenamiento el valor propio de adultos, mientras que nosotros vivimos plácidamente y no por ello nos enfrentamos menos a parejos peligros”.

Sin embargo, Tucídides sabía que la guerra es necesaria para defender esas libertades. Por eso, se debe honrar a quienes luchan y caen defendiendo ese modo de vida que Atenas encarna y que forma parte de la tradición de Occidente. De ahí venimos, de eso somos herederos y eso es lo que está en juego.

Hoy se libra una nueva guerra que no siempre tiene campos de batalla definidos ni enemigos uniformados, pero que amenaza todo aquello que en lo que creemos. En algunos escenarios, se despliegan ejércitos convencionales. En otros, el teatro de operaciones es digital y los ordenadores han reemplazado a los cañones. En todo el mundo, el terrorismo se ha convertido en el instrumento que los yihadistas emplean para doblegar a gobiernos y sociedades.

Así, los terroristas llevan años golpeando a Europa como vienen haciendo durante décadas con los países del Oriente Próximo y Asia desde Indonesia hasta Marruecos. Sin embargo, el miedo no debe llevarnos a perder la claridad moral ni a debilitar las convicciones sobre las que está fundada nuestra civilización y que, por desgracia, a menudo parecen olvidadas. El pretendido pacifismo que revelan algunas de las manifestaciones públicas que leemos y escuchamos solo encierra un espíritu de rendición que nos abocará al desastre. A fuerza de velas, condolencias y canciones de John Lennon no se logrará contener la violencia que los asesinos desatan cada cierto tiempo sobre unas sociedades cada vez más asustadas y, por lo tanto, cada vez más vulnerables.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El adocenamiento del rebaño llevado al matadero.

Autor: Pascual Tamburri (Que en paz descanse)
Fuente; La Gaceta

El hombre sin historia, sin cultura, 
sin país, sin familia y sin civilización no es libre: 
está desnudo y condenado a la desesperación.

(Mathieu Bock-Côte)


Agoniza un sistema, llega un tiempo nuevo

Doña Emilia Pardo Bazán hablaba en Los Pazos de Ulloa de esa oprimente “tristeza inexplicable de las cosas que se van”. Se refería a los últimos restos de un tiempo y un modo de ser y de vivir que no iba ni a renacer ni a sobrevivir. En su caso, el de la hidalguía rural sin salida ya en el siglo XIX, como esa doña Nucha que se aterroriza sintiendo “que el asiento se desvencijaba, se hundía; que se largaba cada pedazo del sitial por su lado sin crujidos ni resistencia”. Y sí, cuando algo se deshace a nuestro alrededor lo notamos. De nada sirve negar la evidencia, cerrar los ojos o soñar una imposible involución.

La liquidación de la sociedad tradicional, quizá más tardía en España pero ahora mismo tan completa como en el más moderno de los países, y más que en algunos, implica el triunfo no sólo teórico sino efectivo de los valores de la modernidad. Y su articulación progre, despiadada, hortera, llámese como se quiera. El proyecto mundialista triunfa hoy porque una sociedad desestructurada, sin firmes creencias, con valores relativizados, es mucho más fácil de manipular, es mucho más fácil que no se resista a perder la soberanía de su país, es mucho más fácil que no defienda la Patria, que no defienda la familia. Han creado un individuo indefenso, han creado sociedades indefensas que se convierten en verdaderos rebaños que pueden pastorear desde el poder sin la menor dificultad. Si a eso le sumas el asentamiento del dogma relativista, el “todo vale”, explicamos la situación actual. Junto a magros restos de las comunidades que fueron la Post Modernidad afirma el egoísmo, materialismo, inmanentismo, mundialismo cultural, económico y político. Es decir, la nula preocupación por el mañana, por la comunidad, por lo permanente. De hecho, la misma idea de Permanencia es ya herética. Chirría en los oídos de un joven “bien educado” de hoy como chirriaban en un buen burgués progresista los restos de la hidalguía en la España del siglo XIX.

Pero la naturaleza humana no cambia, tiene demandas que la Modernidad (liberal-capitalista o progre-socialista, tanto da) no satisface. "El hombre sin historia, sin cultura, sin país, sin familia y sin civilización no es libre: está desnudo y condenado a la desesperación", escribe el filósofo quebequés Mathieu Bock-Côte. Y por eso resulta que el Sistema moderno, sin haber aún completado su victoria mundial, se enfrenta a la decepción, a la desesperación de su interior, y al surgimiento en éste de unas alternativas nuevas.

Es fácil caer en la desesperanza. Tenemos que tener claro que hay cosas que “se van”, es más, que se han ido ya, que no van a volver, que no van a ser como fueron. Que no volverán por sí mismas, ni por un milagro harto improbable, ni por una insistencia en la nostalgia de lo que fue o, mucho peor aún, de lo que algunos quieran imaginarse que fue. La memoria es imprecisa y a menudo sectaria. Pero que el camino no vuelva atrás no quiere decir que no siga adelante, ni que haya que renunciar a ser, y a renacer, y a construir sobre los principios que la mezquina modernidad materialista ha tratado de destruir creando sólo tristeza y desilusión.

Giulio Meotti recordaba, sí, que los centros católicos de Quebec están vacíos, que “en la iglesia de San Judas de Montreal, los entrenadores personales ocupan el lugar de los sacerdotes católicos”. Pero el mundo progre, hecho de apariencias, de hipocresías, de gimnasio y de postureo, es tan insatisfactorio como el mundo capitalista, como el mundo marxista o como su caricatura separatista en España. Hay en la sociedad una insatisfacción tal, que no tiene respuesta en las Grandes Verdades Oficiales, que empieza a chirriar como todos los mundos que agonizan. Es verdad, “no ve uno sino las atrocidades de los señores de otro tiempo, parece que son las únicas que le dan de pensar”, pero la crítica al mundo de ayer es legitimación sólo muy menguante y muy parcial para los males de hoy, del mismo modo que la memoria sectaria del franquismo sólo justifica ante los más sumisos los desmanes del hoy, sea diestro o zurdo. Hay una demanda insatisfecha de respuestas a las grandes cuestiones, una demanda de Comunidad.

Al mismo tiempo que la Modernidad vence, se sienten ya en ella las grietas, que en algunos países se ven aunque oficialmente se nieguen. ¡Qué de gentes diversas en España coinciden en defender al progre Macron frente al primer partido en la voluntad de los franceses, por ejemplo! Pero las cosas son así: torpe, confusa, desorientada, no sólo hay una resistencia al Sistema sino que éste ve cómo las alternativas le surgen desde dentro. No regresos a nada, sino futuros por descubrir. Incompatibles desde luego con el simple juego a la nada de quien sólo quiere apuntarse un tanto sin renunciar a sus comodidades burguesas; pero futuros, al fin. Pobre mundo moderno, que se nos muere sin haber terminado de llenar todos los corazones. Quizá porque negó que los tuviésemos, o sólo quiso bolsillos y otros orificios.