lunes, 29 de mayo de 2017

Cuando la cobardía y el papanatismo condenan a nuestros hijos

Autor: Ricardo Ruiz de la Serna
Fuente: La Gaceta


 Se te ofreció poder elegir 
entre la deshonra y la guerra 
y elegiste la deshonra, 
y también tendrás la guerra

(Winston S. Churchill a Chamberlain)



El pacifismo suicida

El lunes pasado 22 personas murieron y otras 59 resultaron heridas en un atentado yihadista. El sospechoso de cometerlo se llamaba Salman Abedi y tenía 22 años. El Estado Islámico asumió la autoría. A las pocas horas del crimen, las redes sociales y los medios de comunicación se llenaban de llamamientos a la unidad de los demócratas, promesas de que los terroristas no lograrían sus objetivos y votos por la paz. En un desfile que ya nos resulta familiar, la mayoría de líderes políticos de Europa han lanzado mensajes a través de sus cuentas personales de Twitter, Facebook y otras plataformas. Se hicieron minutos de silencio en la mayoría de las instituciones españolas. Todo esto debería llenarnos de orgullo. Al pueblo español nadie puede darle lecciones de solidaridad y compromiso con las víctimas. No faltaron ni los montajes fotográficos conmovedores ni el ya habitual imaginario de velas votivas y de fondos musicales con la canción “Imagine”, que exalta una pretendida paz y una supuesta tolerancia.

Todo esto es emotivo y dice mucho de la sensibilidad de los europeos y, en lo que toca a nuestro país, de los españoles. Debe tranquilizarnos que los terroristas no han conseguido que dejemos de conmovernos y de lamentar la muerte y el dolor. Debe ser un motivo de alivio que no hayan logrado convertirnos en lo que ellos son: asesinos que profanan el nombre de Dios cada vez que lo pronuncian, desalmados que lapidan mujeres y arrojan a los gays desde las azoteas. Es un consuelo saber que, con todas las sombras de la historia de Occidente, más de veinte siglos de tradición bíblica nos siguen recordando el amor y la misericordia de un Dios de vida y no de muerte.

En nuestra tradición, la paz no es consecuencia de la rendición ni el miedo, sino de la justicia. No es un fin en sí misma, sino la consecuencia de un orden justo y racional. Los grandes héroes de Occidente, desde Aquiles hasta Roldán y El Cid pasando por el rey David y los Macabeos, han sido capaces de luchar si era preciso. La historia del siglo XX nos enseña el peligro de la cobardía y el apaciguamiento frente a la injusticia, la sinrazón y la barbarie. Sin una decisión firme de vencer, ni el nazismo ni el fascismo hubiesen sufrido la derrota a manos de los aliados. Sin la confusión moral de nuestro tiempo, el comunismo languidecería en un rincón oscuro de la Historia junto a las demás ideologías totalitarias en lugar de gozar del prestigio y la buena fama que aún disfruta en algunos círculos sociales.

Durante el siglo pasado, millones de hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron en el combate contra esas ideologías que someten al ser humano a un orden perverso e inhumano. Sigue teniendo vigencia en nuestro tiempo el célebre discurso de Pericles que recoge Tucídides en “La guerra del Peloponeso” y exalta la educación en la libertad y el valor: “[…] también sobresalimos en los preparativos de las cosas de la guerra por lo siguiente: mantenemos nuestra ciudad abierta y nunca se da el que impidamos a nadie, ni siquiera a los extranjeros, que pregunte o contemple algo —al menos que se trate de algo que de no estar oculto pudiera un enemigo sacar provecho al verlo—, porque confiamos no más en los preparativos y estratagemas que en nuestro propio buen ánimo a la hora de actuar. Y respecto a la educación, estos, cuando todavía son niños, practican con un esforzado entrenamiento el valor propio de adultos, mientras que nosotros vivimos plácidamente y no por ello nos enfrentamos menos a parejos peligros”.

Sin embargo, Tucídides sabía que la guerra es necesaria para defender esas libertades. Por eso, se debe honrar a quienes luchan y caen defendiendo ese modo de vida que Atenas encarna y que forma parte de la tradición de Occidente. De ahí venimos, de eso somos herederos y eso es lo que está en juego.

Hoy se libra una nueva guerra que no siempre tiene campos de batalla definidos ni enemigos uniformados, pero que amenaza todo aquello que en lo que creemos. En algunos escenarios, se despliegan ejércitos convencionales. En otros, el teatro de operaciones es digital y los ordenadores han reemplazado a los cañones. En todo el mundo, el terrorismo se ha convertido en el instrumento que los yihadistas emplean para doblegar a gobiernos y sociedades.

Así, los terroristas llevan años golpeando a Europa como vienen haciendo durante décadas con los países del Oriente Próximo y Asia desde Indonesia hasta Marruecos. Sin embargo, el miedo no debe llevarnos a perder la claridad moral ni a debilitar las convicciones sobre las que está fundada nuestra civilización y que, por desgracia, a menudo parecen olvidadas. El pretendido pacifismo que revelan algunas de las manifestaciones públicas que leemos y escuchamos solo encierra un espíritu de rendición que nos abocará al desastre. A fuerza de velas, condolencias y canciones de John Lennon no se logrará contener la violencia que los asesinos desatan cada cierto tiempo sobre unas sociedades cada vez más asustadas y, por lo tanto, cada vez más vulnerables.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El adocenamiento del rebaño llevado al matadero.

Autor: Pascual Tamburri (Que en paz descanse)
Fuente; La Gaceta

El hombre sin historia, sin cultura, 
sin país, sin familia y sin civilización no es libre: 
está desnudo y condenado a la desesperación.

(Mathieu Bock-Côte)


Agoniza un sistema, llega un tiempo nuevo

Doña Emilia Pardo Bazán hablaba en Los Pazos de Ulloa de esa oprimente “tristeza inexplicable de las cosas que se van”. Se refería a los últimos restos de un tiempo y un modo de ser y de vivir que no iba ni a renacer ni a sobrevivir. En su caso, el de la hidalguía rural sin salida ya en el siglo XIX, como esa doña Nucha que se aterroriza sintiendo “que el asiento se desvencijaba, se hundía; que se largaba cada pedazo del sitial por su lado sin crujidos ni resistencia”. Y sí, cuando algo se deshace a nuestro alrededor lo notamos. De nada sirve negar la evidencia, cerrar los ojos o soñar una imposible involución.

La liquidación de la sociedad tradicional, quizá más tardía en España pero ahora mismo tan completa como en el más moderno de los países, y más que en algunos, implica el triunfo no sólo teórico sino efectivo de los valores de la modernidad. Y su articulación progre, despiadada, hortera, llámese como se quiera. El proyecto mundialista triunfa hoy porque una sociedad desestructurada, sin firmes creencias, con valores relativizados, es mucho más fácil de manipular, es mucho más fácil que no se resista a perder la soberanía de su país, es mucho más fácil que no defienda la Patria, que no defienda la familia. Han creado un individuo indefenso, han creado sociedades indefensas que se convierten en verdaderos rebaños que pueden pastorear desde el poder sin la menor dificultad. Si a eso le sumas el asentamiento del dogma relativista, el “todo vale”, explicamos la situación actual. Junto a magros restos de las comunidades que fueron la Post Modernidad afirma el egoísmo, materialismo, inmanentismo, mundialismo cultural, económico y político. Es decir, la nula preocupación por el mañana, por la comunidad, por lo permanente. De hecho, la misma idea de Permanencia es ya herética. Chirría en los oídos de un joven “bien educado” de hoy como chirriaban en un buen burgués progresista los restos de la hidalguía en la España del siglo XIX.

Pero la naturaleza humana no cambia, tiene demandas que la Modernidad (liberal-capitalista o progre-socialista, tanto da) no satisface. "El hombre sin historia, sin cultura, sin país, sin familia y sin civilización no es libre: está desnudo y condenado a la desesperación", escribe el filósofo quebequés Mathieu Bock-Côte. Y por eso resulta que el Sistema moderno, sin haber aún completado su victoria mundial, se enfrenta a la decepción, a la desesperación de su interior, y al surgimiento en éste de unas alternativas nuevas.

Es fácil caer en la desesperanza. Tenemos que tener claro que hay cosas que “se van”, es más, que se han ido ya, que no van a volver, que no van a ser como fueron. Que no volverán por sí mismas, ni por un milagro harto improbable, ni por una insistencia en la nostalgia de lo que fue o, mucho peor aún, de lo que algunos quieran imaginarse que fue. La memoria es imprecisa y a menudo sectaria. Pero que el camino no vuelva atrás no quiere decir que no siga adelante, ni que haya que renunciar a ser, y a renacer, y a construir sobre los principios que la mezquina modernidad materialista ha tratado de destruir creando sólo tristeza y desilusión.

Giulio Meotti recordaba, sí, que los centros católicos de Quebec están vacíos, que “en la iglesia de San Judas de Montreal, los entrenadores personales ocupan el lugar de los sacerdotes católicos”. Pero el mundo progre, hecho de apariencias, de hipocresías, de gimnasio y de postureo, es tan insatisfactorio como el mundo capitalista, como el mundo marxista o como su caricatura separatista en España. Hay en la sociedad una insatisfacción tal, que no tiene respuesta en las Grandes Verdades Oficiales, que empieza a chirriar como todos los mundos que agonizan. Es verdad, “no ve uno sino las atrocidades de los señores de otro tiempo, parece que son las únicas que le dan de pensar”, pero la crítica al mundo de ayer es legitimación sólo muy menguante y muy parcial para los males de hoy, del mismo modo que la memoria sectaria del franquismo sólo justifica ante los más sumisos los desmanes del hoy, sea diestro o zurdo. Hay una demanda insatisfecha de respuestas a las grandes cuestiones, una demanda de Comunidad.

Al mismo tiempo que la Modernidad vence, se sienten ya en ella las grietas, que en algunos países se ven aunque oficialmente se nieguen. ¡Qué de gentes diversas en España coinciden en defender al progre Macron frente al primer partido en la voluntad de los franceses, por ejemplo! Pero las cosas son así: torpe, confusa, desorientada, no sólo hay una resistencia al Sistema sino que éste ve cómo las alternativas le surgen desde dentro. No regresos a nada, sino futuros por descubrir. Incompatibles desde luego con el simple juego a la nada de quien sólo quiere apuntarse un tanto sin renunciar a sus comodidades burguesas; pero futuros, al fin. Pobre mundo moderno, que se nos muere sin haber terminado de llenar todos los corazones. Quizá porque negó que los tuviésemos, o sólo quiso bolsillos y otros orificios.

martes, 21 de febrero de 2017

Cuando el ser humano no es más que mercancía


El poder significa un enfrentamiento directo con la realidad, 
y el totalitarismo en el poder está constantemente 
preocupado de hacer frente a este reto.

(Hannah Arendt)




“No te vendas: con la maternidad no se comercializa” es el nuevo vídeo -publicado por el actor provida Eduardo Verástegui en las redes sociales-, que muestra la verdadera cara de la llamada “gestación subrogada”, una práctica que cosifica a las mujeres tratándolas como esclavas y mera mercancía.

A pesar de que los protagonistas parezcan estar sacados de la novela Un mundo Feliz de Aldous Huxley, esta situación ocurre cada día en numerosos países de todo el mundo, habiéndose iniciado su discusión en España. La pareja desea tener un niño cueste lo que cueste y, para ello, selecciona de un “menú” de mujeres la que más se adapta a sus necesidades. Las “gestantes”, se convierten en simples números capaces de dar a luz a un bebé para luego entregárselo al comprador que las ha elegido

El vídeo ayuda a abrir los ojos y a entender lo que realmente significan los vientres de alquiler; la compra y venta de bebés, de seres humanos. Se trata de otra de las caras del nuevo totalitarismo en el que nos hallamos inmersos; otra faceta del marxismo cultural.

domingo, 17 de abril de 2016

Quod natura non dat, Salmantica non praestat.


No es poca ciencia aprender a soportar 
las tonterías de los ignorantes.

(Demófilo) 


Del Libro VIII de la República, Platón, hace unos 2400 años.
(Aplicable a la situación social actual)

"El exceso de libertad engendra la tiranía. Intoxicada por el abuso (...) desaparece toda disciplina y subordinación, hasta el extremo de que no hay respeto por ninguna ley, ya sea escrita o impuesta por la tradición. En medio de esa anarquía los más enérgicos y laboriosos se presentan ante el pueblo, como los defensores de sus derechos. De ese medio surge el conductor o jefe (...) El pueblo, halagado por sus promesas, le presta su adhesión y lo protege (...) Al principio de su gobierno, el tirano es cauto, pródigo en sonrisas y promesas. Pero, una vez afirmado en el poder, provoca guerras para que el pueblo comprenda que necesita un dirigente, si no quiere exponerse al peligro de perder la libertad. Si alguien se opone a sus pretensiones, es eliminado. Es así como el Estado se priva de los mejores ciudadanos y el tirano utiliza los servicios de personas ruines. Día tras día necesitará más guardias y mercenarios, gente que lo rodee y proteja, obedeciendo incondicionalmente a sus caprichos. Durante un tiempo, se comportará con cierta aparente honestidad, hasta el día en que exprima al pueblo para que soporte y pague sus propios caprichos y los de la banda que lo rodea."